Este proyecto nació como una prueba. Mi cámara analógica había estado fallando y necesitaba comprobar si seguía funcionando. Decidí abordarlo desde lo más simple: una película en blanco y negro, la más básica que encontré, y una sesión reducida a lo esencial.

Antes de fotografiar, armé un moodboard breve como punto de partida. Propuse un vestuario mínimo —una blusa negra de cuello de tortuga— en referencia a los retratos clásicos de estudio. La sesión se realizó en la sala de mi casa, trabajando únicamente con la luz natural que entraba por la ventana.


Las imágenes se construyeron desde la cercanía: un tú a tú entre quien mira y quien es mirada. Sin escenografía ni producción externa, el foco estuvo en la presencia, el gesto y la relación directa con la cámara.



Este trabajo funciona como un regreso consciente a lo básico. Una forma de comprobar que, incluso con recursos mínimos, el retrato sigue dependiendo de atención, tiempo y conexión.
